El traslado agridulce del Tláloc de Coatlinchán

Cuando José María Velasco pintó en 1889 el monolito del dios Tláloc que se encontraba en el pueblo Coatlinchán en el Estado de México, nunca imaginó que su pintura originaría 75 años después un enfrentamiento entre civiles, arqueólogos, arquitectos y el ejército; el cual terminaría en la inconformidad de un pueblo que aún lamenta el 16 de abril de 1964.

Todo comenzó así, en 1958 el arqueólogo Jorge Acosta se enamoró del escultural monolito de Coatlinchán representado en el paisaje de Velasco, no sólo por la belleza del coloso que personificaba la deidad Tláloc, también porque la joya arquitectónica con sus siete metros de alto y 167 toneladas de peso era la más grande del continente.

En esta época estaba en proceso la construcción del Museo Nacional de Antropología, por ello Jorge Acosta decidió comentarle al renombrado arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, quien estaba a cargo de la construcción del edificio que había una pieza única  en el Estado de México, la cual por su singularidad era ideal para colocar en el museo ya que por sí sola “enaltecía el pasado cultural del país”.

Así tras un muto acuerdo comenzaron los preparativos para trasladar al dios de la lluvia 33.5 km hasta Chapultepec. Sin embargo, lo que ambos desconocían es que las familias del pueblo estaban fuertemente arraigadas al monolito, no sólo en forma sentimental, pues sus antepasados habían defendido y ocultado la pieza de los españoles durante la introducción del cristianismo para que no lo destruyeran. También de forma económica porque la deidad fomentaba el turismo.

A pesar de esto en 1963 el personal del gobierno fue a platicar con los diputados y maestros para que aceptaran el traslado, ante la negativa los representantes del gobierno les prometieron a los ciudadanos de Coatlinchán  la instalación de una réplica para que el pueblo no se quedara con las manos vacías, como menciona el libro “Inventario antropológico: Anuario de la revista Alteridades” editado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Tras un año de negociaciones el 16 de abril de 1964 se dio inicio a la movilización del Tláloc de Coatlinchán y comenzó la guerra de los civiles contra los arquitectos, arqueólogos y obreros, pues los pobladores aseguraban que si sacaban al dios del pueblo ya no iba a llover, además que si lo movían algo malo iba a pasar.

Por esta razón, en cuanto la maquinaria llegó todo el pueblo salió a defender con rifles, machetes y piedras lo que creían que era su patrimonio, por ejemplo: Al tripié que se iba a encargar de sostener la escultura monumental lo desmantelaron, cerraron el paso que llevaba a la carretera, desmantelaron la plataforma, poncharon las llantas de los trailers que ejecutarían su movilización, les quitaron los asientos y les echaron tierra a los tanques de gasolina.

El pueblo era un caos, los ciudadanos atacaban con nopales y piedras a todo aquel que no fuera conocido en el poblado; hasta que a las dos de la mañana llegó el ejército para imponer orden, cercar al Tláloc y proteger su traslado.

Finalmente a las tres de la mañana de ese mismo día el enorme monolito irrumpió las calles del pueblo, arrastrado por dos cabezas de trailers, escoltado por militares, policías federales y arquitectos mientras las personas gritaban “sin el Tláloc nadie vendrá de visita, de que vamos a vivir”.

El recorrido se efectuó a cinco kilómetros por hora por la carretera Texcoco, pavimentada para la ocasión hasta llegar a la avenida Zaragoza. Durante el recorrido los bomberos iban cortando los cables de luz para facilitar el desplazamiento del convoy.

Cuando anocheció el convoy  continuó  su marcha por Reforma en medio de un diluvió (el cual se atribuyó a los poderes del dios) para llegar a Chapultepec  donde los capitalinos, turistas y reporteros  recibieron al monolito con ovaciones. Sin embargo a pesar de que han pasado casi 50 años desde su traslado al Museo Nacional de Antropología los pobladores de Coatlinchán siguen recordando con dolor ese día porque no perdieron solamente al monolito,  perdieron la piedra que sus ancestros cuidaron y se quedaron con las manos vacías porque ni siquiera les entregaron la replica que les habían prometido.

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