La embrujada Doña Francisca

By Enrique Pérez Quintana | Small Business

Que nadie intente negar la existencia del poder diabólico y sobrenatural que se alimenta del alma y el cuerpo humanos. La hechicería y la maldad son las hijas consentidas del demonio y se manifiestan en la oscuridad de la noche.

Lo que ahora les voy a contar sucedió en el siglo XVI, aquí en la Ciudad de México, se trata de un perverso y diabólico caso de hechizo. Por estar en el siglo XXI algunos dudan de la existencia de estos poderes, no obstante debe saberse que la hechicería aún se practica en México y en otros países.

Debemos voltear al año de 1554, la mitad del siglo XVI y ver la casona con el número siete, en la calle que se llamó de la Cadena, hoy nombrada Venustiano Carranza, gobernaba el virrey Don Luis de Velasco I. Habitaba la casa Doña Felipa Palomares de Heredia, viuda y rica heredera de uno de los conquistadores y madre de un hijo joven y apuesto, llamado Domingo de Heredia y Palomares, a quien se le habían brindado lujos y cuidados extremos, el joven Domingo era la adoración y consuelo de Doña Felipa por lo que lo mimaba en exceso y no perdía la ocasión de recordarle que había entrado en edad casadera impulsándolo para encontrar una chica que tuviera alcurnia y abolengo y que ella tendría que aprobar.

Con ansias el joven Domingo deseaba y buscaba entre las chicas de la Nueva España, se reunía con otros jóvenes observaban y escogían a las mejores muchachas. Por meses se afanó en encontrar a la chica de su agrado, que fuese un buen partido y le gustase a su madre, sin hallarla. Cierta tarde por fin vio acercarse al templo a una hermosa jovencita de la que desconocía nombre y alcurnia, no obstante era de una belleza capaz de dejar en el olvido la exigencia de su madre y hacer que diera vuelcos el corazón del joven Domingo. Llena de pureza y candor la chica pasó junto a él y le arrancó un hondo suspiro.

La chica entro a la iglesia y mientras oraba Domingo admiraba su angelical figura, cuando terminó de orar se acercó a la pila de agua bendita y él con emoción le ofreció sus dedos húmedos, después, como era costumbre en 1554, la siguió a prudente distancia para saber dónde vivía, la chica se dio cuenta y no apresuró el paso, llegó a una casa de construcción modesta ubicada en la calle Cerrada de Nacatitlán (hoy novena de 5 de febrero) y justo antes de entrar volvió hacia Domingo y le ofreció una mirada que contenía toda la ternura del mundo.

A partir de aquel momento Domingo de Heredia y Palomares quedó prendado de Doña Francisca de Bañuelos, hija única de padres humildes e inició el asedio hasta que una noche recibió un ardiente beso y posteriormente entre suspiros se musitaron la declaración de amor.

Pronto se enteró Doña Felipa de los amores de su hijo y no le agradó lo que supo por lo que de inmediato fue la a casa de Francisca y su mano firme golpeó el zaguán con furia y decisión. Francisca abrió, su sorpresa fue enorme pues conocía a la furiosa dama, invitó a la mujer a pasar a su casa, pero se rehusó y al hablar le dijo que no volviera a ver a Domingo pues ella era una plebeya sin nombre ni fortuna y su hijo la iba a obedecer sin reclamos, en ese momento apareció el joven, enfrentó a su madre y defendió su amor y autonomía. Doña Felipa se fue furiosa y los dos jóvenes refrendaron su deseo de casarse.

Doña Felipa sufría y deseaba evitar la boda de su hijo. Se enteró de la existencia de una temida y poderosa bruja y fue a verla para lograr por medio de siniestros maleficios el alejamiento de los enamorados. La hechicera la recibió y le prometió preparar una poción que le entregaría dentro de tres noches. Cumplido el plazo la bruja le reveló un plan siniestro y de venganza consistente en darle un diabólico regalo a Francisca después de la boda que la iría matando poco a poco.  

Los jóvenes se casaron y fueron bien recibidos por Doña Felipa, si la chica no era de linaje su belleza y dones espirituales sobrepasaban las expectativas. La bruja celebró un diabólico ritual, degolló siete patos y con su sangre se untó el rostro mientras invocaba a Satanás.

Tres días después cuando los enamorados disfrutaban su felicidad, Doña Felipa le dio un presente a Francisca, era un cojín rojo de terciopelo muy bonito relleno de plumas de pato embrujadas, a partir de esa noche el cojín fue la almohada donde con ingenuidad Francisca reposaba su cabeza.

Desde el siguiente día la joven se levantó con un extraño malestar, dolor de cabeza, mareos. Los esposos acudieron ante Doña Felipa y le contaron del extraño malestar de la hermosa recién casada, ni descansos, ni cuidados fueron suficientes, día a día se perdía la salud de Francisca, se tornó paliducha y débil y su alegría desapareció dando paso a una profunda tristeza, al paso de los días su rostro desencajado era cadavérico y Domingo llamó al médico que le dio un diagnóstico nada bueno pues la mujer tenía el aspecto de los presos de las galeras y mazmorras. Los temores se cumplieron y antes de seis meses Francisca había muerto víctima de aquel extraño mal.

Con tristeza Domingo se encerró en su alcoba, apenas comía por las noches y por mucho tiempo se negó a dejar entrar a su madre, que simulaba su intento por consolarle. Lloró en la habitación y beso cada rincón que había pisado o tocado su amada y durmió sobre el cojín rojo de terciopelo de plumas embrujadas.

Una noche Domingo despertó sobresaltado, sintió algo sobrenatural junto a su lecho; surgió entre las sombras de la alcoba una horrenda visión: era Doña Francisca descarnada, había venido de ultratumba a advertirle del cojín rojo de terciopelo embrujado, que provocó su muerte, chupándole la sangre poco a poco, hasta llevarla a la tumba, y que las autoras del crimen habían sido su madre y la bruja.

Domingo le juró vengar su muerte, salió de la casa y se dirigió a hacer la denuncia ante el Santo Oficio, que se presentó a la casa y de un solo tajo fue roto el cojín rojo de terciopelo, cayendo al suelo un espantoso bulto de plumas del que escapó un líquido rojo que era la sangre de aquella víctima, Doña Francisca Bañuelos. En el suelo las plumas se movían como víboras impulsadas por una fuerza satánica. Tratando de encontrar perdón por su acto criminal Doña Felipa cayó de rodillas ante el fraile del Santo Oficio.

Sometida a torturas doña Felipa delató a la bruja. En un juicio sumario ambas mujeres fueron condenadas a morir quemadas en la Plaza de Santo Domingo. Fueron atadas a los postes y quemadas en leña verde para después esparcir sus cenizas a los vientos diabólicos de la noche. De Domingo no volvió a saberse nada, algunos aseguran que se fue a España con su pena y su fortuna.

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